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Relato ¿Qué podía contar de Fina? Que era y deseaba que siguiera siendo una chica hermosa como lo era en los años de adolescencia, años en los que la conocí. Nunca pude salir con ella, no me hacía caso alguno, en aquellas fechas se creía la reina de la fiesta, y es que en realidad era la más simpática y guapa del lugar. Recuerdo que tenía una hermana algunos años mayor que ella, era una chica como normalmente se dice más caliente que el tubo de escape de una motocicleta y que terminó tirada por una de esas carreteras del mundo de la prostitución. No había chico u hombre de nuestro entorno que no se hubiera pasado por la piedra, ¡qué hermana! Tenía a quién parecerse, ¡a su madre, sí! Era una prostituta guapísima a la que conocí de joven. He de decirles en honor a la verdad que no me hubiera importado lo más mínimo que se hubiera convertido en mi suegra. Era una familia especial, a cual de las tres más bella, pero Fina siempre me dio calabazas, era poco para ella, me tuve que conformar con los servicios prestados por su hermana y en algunas ocasiones con los de su madre. ¡Qué tiempos aquellos! Estaba hecho un buen golfo. La semana pasada por motivos de trabajo fui de viaje al pueblo donde nací, le llamo pueblo pero en realidad es una ciudad bastante poblada, allí la conocí. Fue casualidad, dejé el coche aparcado en un aparcamiento subterráneo del centro, al salir a la superficie, la encontré paseando por la calle principal, la conocí al instante, seguía igual de fantástica a pesar de sus casi 50 años. Pasé por su lado y me quedé mirando fijamente a sus ojos, ella no me reconoció, ¡lo entiendo! Hay personas que después de 30 años cambian mucho, ¡entre ellas yo! Me dirigí a ella en los términos en los que lo hacía en mis tiempos de juventud: -Hola Fina mi dulce amor, ¿me das un beso? Cualquier otra mujer se hubiera espantado de tan peculiar saludo de un extraño, pero ella sonrió, se acercó hasta alcanzar mi altura y sin reparo alguno me besó en la boca, con su lengua acarició la mía, pensé, ¡me ha reconocido! Aun así en esos momentos estaba alucinando por su forma de proceder. Pero pronto salí de mi perplejidad: -Son 60 euros y la cama, ¿te gustaría echarme un polvo? -Dijo Fina- Me agarró de la mano y sin contestarle me arrastró hasta el interior de un hotel utilizado para su trabajo. La tristeza invadió mi cuerpo, la mujer a la que siempre desde mi juventud había recordado como mi amor platónico, al igual que su madre y hermana se había dedicado a ejercer la prostitución. En ese momento ya no tenía escrúpulos en irse a la cama conmigo, ¡claro está! Pagándole la tarifa solicitada. Mientras subíamos a la habitación del hotel le dije que me llamaba Aristóteles. Lle pregunté si se acordaba de mí, la contestación fue negativa. Apenado no tuve ganas de hacer nada con ella, le pagué el importe de sus servicios sin haberlos utilizado, salí de ese prostíbulo con lágrimas en los ojos. Pasé el resto del día haciendo el trabajo que fui a hacer, me marché triste, ¡muy triste! La vida da tantas vueltas... si Fina me hubiera hecho caso, si hubiera correspondido a mis insinuaciones, eran declaraciones de amor sinceras. Pero ella nunca me tomó en serio, siempre me rechazó. De no haberlo hecho, ahora no se encontraría en la situación en la que se encuentra. Podría haber sido muy feliz junto a mí. Pero... ¿qué estoy diciendo, quién soy yo para reprocharle nada? Si ella se ha dedicado a la prostitución será por que ella lo ha querido, lo mismo es feliz, ¡de verdad se lo deseo! Me puse sentimental, durante 30 años la había idolatrado, siempre la he tenido en mis pensamientos, y a pesar de no ser recordado, la seguía queriendo. No me importaba por la cantidad de hombres por los que hubiera pasado. Estuve por dar la vuelta, buscarla y proponerle matrimonio. Lo pensé durante unos segundos, pero desistí en la idea por miedo a ser nuevamente rechazado. ¡No lo hubiera soportado! *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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